Cada uno de ellos plantea el apocalipsis y el nacimiento de los muertos vivientes desde una perspectiva diferente aunque como es lógico el transfondo es común a todos ellos.
La idea es publicar un relato nuevo cada mes, de tal forma que, de aquí a final de año ya haya material suficiente para plantearse la publicación de los mismos si es que tienen el respaldo suficiente.
Los relatos se podrán leer tanto en el blog como en wattpad, donde más os guste. Es tontería, pero todos los textos tienen todos los derechos registrados.
¡Aquí os dejo el primero! Que lo disfrutéis!
ADELAIDA.
8
de marzo. Plaza de Alonso Martínez (Madrid)
El despertador está sonando. Adelaida da una vuelta en la
cama y se tapa la cabeza con la almohada. Al final, vencida por la insistencia
del estúpido cacharro, tantea con la mano la mesilla de noche hasta que
consigue apretar el resorte de metal.
—A ver si se te acaban ya las pilas… ¡Menuda herencia me
dejaste, Manolito!
La alarma suena cada día a las siete y media de la mañana,
justo cuando su marido se levantaba para ir a trabajar. Ha intentado reprogramar
el aparato, pero ella y la tecnología no se llevan bien. Podría tirarlo a la basura,
pero le recuerda a él y le da pena.
El ruido cesa y la mujer intenta dormirse nuevamente,
aunque sabe que es hora de ponerse en marcha.
Después de cinco minutos
dando vueltas, se acerca al borde de la cama y apoya los pies desnudos sobre la
fría loseta del suelo. Busca con los dedillos, sin despegar los ojos, hasta que
consigue rozar una de las zapatillas. Localiza la otra y se calza. Abre los párpados
y suspira resignada. Apoyándose en la mesilla, consigue levantarse mientras un
«u-yu-yui» escapa de sus labios.
—Qué vieja estás Adelaida, ¡con lo que tú has sido! —se
reprende a sí misma.
Se agarra las caderas con ambas manos, colocando los brazos
en jarras, y se estira hasta escuchar un suave crujido.
Se acerca al baño, caminando con los brazos extendidos para
no golpearse con los muebles del pasillo, y cruza la puerta ligeramente
entornada. Tira de la cinta de la persiana y deja que la luz del amanecer entre
a través del cristal mate. Se acerca a la bañera y, con un pequeño bol que
antes usaba para hacer flanes, coge un poco de agua. Observa el nivel del líquido
y no se sorprende demasiado al ver que ha descendido solo unos centímetros
desde que la llenó. Recuerda haber escuchado la recomendación a través de la
radio.
Se coloca frente al espejo. Abre la puerta y saca un pastillero.
Se traga una de las píldoras azules y da un sorbo de agua. Después hace lo
mismo con otra pastilla blanca.
—La del azúcar y la de la tensión —dice en voz alta. Repone
la cajita metálica, decorada con una estampa de la Virgen de Lourdes, y se
percata de que uno de los frascos ya está prácticamente vacío—. Tendré que
salir a por más, seguro que quedan en la farmacia de Felipe.
Deja el bote en su sitio y utiliza el resto del agua para
asearse brevemente. De un vaso cercano extrae la dentadura postiza y se la
coloca rápidamente. Antes de despegarse de la imagen del espejo, sonríe.
Vuelve en dirección contraria. Al pasar por el recibidor
agarra un marco de fotos y lo besa. Limpia el cristal y lo deja en su sitio
otra vez.
—Manolito, corazón mío. Que lleves tanta paz como descanso
dejaste.
Entra en la cocina, abre la puerta de uno de los muebles y
saca de su interior un paquete de galletas con fibra. Come lacónicamente
mientras calienta agua para una infusión en un pequeño camping gas que ha
colocado en la terraza. Recuerda los veranos en Gandía, cuando sus hijos aún
eran pequeños, y siente una punzada de añoranza en el pecho. Les encantaba ese
camping y además era la opción más económica. Los niños se peleaban
continuamente, pero no podían estar el uno sin el otro. Siempre fueron uña y
carne. Lo último que supo de Nadia es
que estaba a salvo en un refugio de París. De Carlos, por el contrario, no
tiene noticias. Tampoco se extraña, hace años que no se hablan.
Adelaida suspira y vuelve a levantarse. Hace el amago de
abrir la nevera pese a saber que está vacía y apagada. Sonríe ante su
ocurrencia y vuelve de camino al salón. ¿Cuánto tiempo pasará antes de poder
volver a tomarse un café y un croissant a la plancha? Se le hace la boca agua
solo de pensarlo.
A través de las rendijas de la persiana, se filtran rayos
de luz que atraviesan la estancia de lado a lado como si fueran las
trayectorias de balas lanzadas desde el lado contrario de la calle. Los
disparos apenas se escuchan ya. Hace menos de dos semanas que sus latigazos
fueron esparciéndose en el tiempo. Llegó un punto en el que el sonido de las detonaciones
era continuo. En el exterior de las casas parecía estar librándose una guerra.
Adelaida no es tan mayor, pero recuerda los relatos de su madre sobre la guerra
civil. Ahora, más que nunca, rememora las tardes de verano cuando, distraída,
escuchaba las desgracias por las que habían tenido que pasar ochenta años
antes.
—Así es la vida— dice en voz alta mientras se cruza de
brazos —. A cada uno le toca vivir lo suyo.
Se tapa los ojos cuando la catarata de luz se derrama por
todo el salón. Consigue adaptarse y observa sonriente el cielo azul y libre de
nubes. Hace una mañana preciosa. Está tentada de abrir la ventana, pero no
quiere que ese olor invada la casa.
—Hola, mis pequeños —saluda desde las alturas con desgana.
Desvía la mirada y observa cada uno de los rincones de la
plaza de Alonso Martínez. La fuente no funciona desde hace varias semanas. Los
restaurantes están cerrados a cal y canto. Esparcidos por la carretera hay
varios coches accidentados y un par de farolas se han caído. El letrero del
metro cuelga de apenas un alambre y el edificio de enfrente está completamente
calcinado. «Pobre Carmen, ¿qué habrá sido
de ella?»
En la plaza, un hombre deambula sin un destino fijo como si
buscara algo que no es capaz de encontrar. Otro está golpeando rítmicamente la
verja de metal del escaparate de una carnicería. Lleva haciéndolo desde hace
horas, de noche y de día, de forma incansable. Tiene las palmas de las manos
desolladas y un reguero de sangre decora el escaparate. Resulta bastante
irónico que haya elegido la carnicería para filetearse las manos con el metal
de la valla. Al hombre no parece importarte, de vez en cuando emite un gruñido,
se gira, y vuelve a la posición de inicio. A seguir aporreando sin descanso. A
Adelaida le pone nerviosa, pero sabe que no lo hace aposta. Pobre desgraciado.
Una mujer está tirada en el suelo. Le falta una pierna y se
arrastra lastimosamente. La recuerda perfectamente, es una puritana de las de
toda la vida. «Viste el negro», como
ella dice, desde que su marido falleció cuando solo era un chaval. Adelaida
cree que el pobre se suicidó por no aguantarla. Desde entonces es la típica
santurrona que va a misa siempre que puede y come chocolate con churros con su
coro de viejas lúgubres mientras critican a media vecindad.
—Dicen que bicho malo nunca muere… jódela, no nos deja en
paz ni después de espicharla.
Se siente culpable por su comentario. Al final eleva los
hombros con indiferencia y dice en voz alta—: Pero oye, mejor ella que yo.
Después de asear su casa, se sienta en la cómoda y echa de
menos no poder encender el televisor. La electricidad fue lo primero que se
perdió. Aún recuerda los mensajes contradictorios de Mariano Rajoy a través de
la primera llamando a la
tranquilidad. Nadie sabía qué pasaba e incluso muchas personas no le dieron la
importancia que realmente tenía. Después de tantas noticias sobre la crisis, el
ébola, los independentistas catalanes, los ataques yihadistas, el paro, la
corrupción… los españoles parecían cansados de estar asustados y no prestaron
atención a la pequeña infección que parecía haber nacido en lo más recóndito
del continente africano. Una infección que pronto se contagió a todos los
países de los alrededores y de allí al este de Asia y el sur de Europa. Cuando
las autoridades quisieron hacer algo, ya era demasiado tarde.
Adelaida sabe que ahora ya da igual. Saca de debajo de la cómoda una bolsa con un
par de madejas de lana y comienza a tejer un jersey. Está a punto de entrar la
primavera y necesita alguna prenda nueva. No parece que las tiendas vayan a
volver a abrir en mucho tiempo.
Se escucha jaleo en el exterior. Adelaida enarca las cejas
y, con gran esfuerzo, se levanta de su asiento. Se acerca a la ventana y observa
ensimismada como varias docenas de esas cosas deambulan por la calle. Sonríe al
imaginar que es una de las muchas manifestaciones que veía desfilar en
dirección a la calle Génova.
Sin embargo, su sonrisa se apaga pronto. Es una mujer
optimista y aún no ha perdido la esperanza, pero siente como sus piernas
tiemblan y se le hace un nudo en la garganta.
El que va en cabeza del grupo es un hombre alto y fuerte. Tiene
una oreja arrancada y el hueco lleno de pus y cuajarones de sangre reseca. A su
derecha hay una mujer de unos veinte años. Se estremece al pensar que hace
menos de un mes debía ser una chica preciosa. Ahora su pelo color oro se ha
vuelto blanco y enmarañado. Sus ojos están morados y tiene los dientes
podridos. Camina encorvada a consecuencia de una brutal herida en el costado
izquierdo. A través de la carne, incluso desde la distancia, se puede observar
como cuelga parte del intestino delgado.
Justo detrás de ellos camina un niño. Tiene arrancada parte
de la cara a consecuencia de un disparo. Se le ve la dentadura a través de los
pómulos. Aún son dientes de leche.
Adelaida no puede reprimirse más tiempo y rompe a llorar
presa de la desesperación.
—Pobre criaturita, que culpa tenía él —solloza en voz alta.
Uno a uno, la anciana va repasando las brutales heridas que
tienen los integrantes del grupo. Caminan de forma lenta y agónica, arrojando
terribles lamentos a través de sus bocas melladas y carcomidas a consecuencia
de las bacterias y los gusanos. Al fin y al cabo, son carne muerta y putrefacta
que se mantiene en pie por alguna razón que nadie conoce.
El grupo atraviesa la plaza y se pierde por el otro extremo
en dirección a Colón. Hace días que aquellos seres se dirigen hacia el Paseo de
la Castellana atraídos por una fuerza desconocida. Mientras tanto, el de la
carnicería parece haberse cansado de dar golpes al metal y ahora está
intentando meterse dentro de la fuente. Uno de los descolgados del grupo se ha
detenido junto al coche de la policía nacional que está volcado cerca de la
entrada al portal de la anciana. Levanta la mirada y sus ojos se clavan en los
de Adelaida. Abre la boca, enseñando sus colmillos podridos, y comienza a
moverse frenéticamente en dirección al edificio. Adelaida ahora no le ve, pero
escucha como araña la pared dos pisos por debajo de su ventana.
El sonido se vuelve insoportable. Los gruñidos del hombre
retumban en el silencio que ahora reina en la ciudad. Ella no creía la cantidad
de sonidos con los que antes convivía. Echa de menos el ruido de los coches, el
sonido de los semáforos, las voces de las personas. En definitiva, añora la voz
que Madrid ha perdido. Ahora solo se escuchan quejidos lastimosos, cuerpos que
se arrastran, vidas que se apagan y algún que otro disparo en la lejanía.
Se acerca a la habitación y abre el primer cajón de la
cómoda. Extrae una pequeña funda de tela azul que contiene una radio. Una que
funciona a pilas. Gira el dial del volumen y comienza a escuchar la estática.
Va moviendo la ruedecita, pasando entre las diferentes frecuencias con la
ilusión de escuchar una voz al otro lado. Cuando la encuentra, su cara se
ilumina y rompe a reír presa de un frenesí que no puede controlar.
La voz al otro lado repite continuamente lo mismo. Es un
mensaje grabado, pero anuncia que habrá una nueva emisión a las cinco de la
tarde.
Adelaida apaga el aparato y nuevamente lo guarda en su
estuche. Con la ilusión renovada, vuelve a su puesto de vigilancia. A observar
desde la ventana.
Es mediodía. El sol golpea desde arriba a intervalos
irregulares. Se esconde a menudo entre las nubes que han invadido el cielo y
ahora sobrevuelan su cabeza con aire amenazante. Adelaida sigue observando.
Hace lo mismo desde que empezó todo.
Mira el reloj que
cuelga de la pared, se acerca a la percha y rescata un abrigo de paño color
camel y un gorro beige con una flor violeta en el ala. Se mira en el espejo y,
una vez satisfecha con el resultado, abre la puerta. Asoma la cabeza y observa
el pasillo. El polvo flota en el ambiente de tal forma que puede distinguir los
rayos de sol que entran a través de la cristalera que da al patio interior del
edificio. Todo está en silencio.
Atraviesa el pasillo y roza con la mano las puertas
metálicas del ascensor. Camina con un cuidado excesivo. Intentando no hacer
ruido. Teme a las sombras y recela de cada una de las puertas del corredor.
Desciende los escalones hasta llegar al primer piso. Gira
un recodo y observa la puerta de hierro en la distancia. Un suave gruñido
escapa bajo el quicio del Bajo Derecha. Allí vivía una mujer con su niño.
Adelaida sabe que no tenían mascotas. No quiere imaginar al pequeño crío con la
boca ensangrentada persiguiendo el rastro de perfume que ella deja a su paso.
Consigue alejar los pensamientos y avanza. Sigue avanzando. Sin rumbo. Sin
destino. Alcanza por fin la forja del portal y un escalofrío recorre su cuerpo.
Casi puede tocar la calle. Sus manos recorren el cristal, anhelando todo
aquello que ya no puede acariciar. Entonces un rostro repleto de pus y gusanos aparece
al otro lado. Adelaida puede contemplar a escasos centímetros dos ojos
amarillos, inyectados en sangre, que se clavan fijamente en ella. Las venas de
color púrpura se marcan por todo su rostro. El ser tarda varios segundos en
reaccionar, como si no entendiese que está ocurriendo. Entonces apoya ambas
manos contra el hierro y abre la boca mostrando los dientes. Comienza a golpear
rítmicamente la puerta mientras un quejido lastimoso a brota de sus labios.
Adelaida retrocede asustada y tropieza con uno de los
escalones del portal. Cae de espaldas y se golpea con fuerza la cadera. Sabe
que el dolor le durará varios días. Ya no tiene veinte años. La mujer alcanza
su bolso y se siente más segura al rozar con sus dedos el frío metal de la Beretta que perteneció a su marido. La
saca del bolso e intenta apuntar con ambas manos al monstruo que babea tras el
cristal. La sangre le nubla la cabeza y apenas es capaz de distinguir entre la
bruma difusa que se ha dibujado frente a ella. Durante unos instantes siente la
tentación de apretar el gatillo y volarle la cabeza. Imagina cómo la bala
atraviesa la soledad del portal e impacta contra el cristal y la cabeza del no
muerto estalla en una cascada de sesos y sangre. Sus propios pensamientos le
asquean. Nota como pierde la fuerza en los dedos y el arma cae de sus manos
hasta rebotar contra el mármol del suelo. Suspira asustada al imaginar que el
gatillo se acciona al impactar con el suelo e incluso cierra los ojos
anticipando la desgracia. Solo el golpe seco del metal resuena en el portal.
Tarda varios minutos
en conseguir controlar los nervios. Se agarra las manos e intenta paliar los
temblores que le recorren todo el cuerpo. Tras la puerta, el no muerto parece
distraído. No parece ser capaz de centrarse en ella. Adelaida los lleva
observando desde que todo empezó. Son muy sensibles al olor y al sonido, pero
parecen incapaces de concentrarse en algo si no lo captan con alguno de estos
dos sentidos.
Consigue
incorporarse y, tras guardar la pistola de nuevo en su bolso, comienza el viaje
de retorno a su casa. Apenas puede andar y en su espalda aún puede escuchar los
lamentos del ser que golpea a intervalos irregulares la puerta.
Solo se siente a salvo cuando da la segunda vuelta a la
llave. Apoya la espalda contra la puerta blindada y se acerca renqueante a la
consola de la entrada. Saca la pistola del bolso y la deposita sobre la
encimera. Piensa en Manolo y recuerda perfectamente lo feliz que estaba cuando
le dieron su nueva arma reglamentaria. Recuerda cuando le apuntó con ella y
dijo esa frase que ya nunca olvidaría:
—Vete con otro y te pego un tiro. Eres mía, Adelaida.
La mujer observa el perchero y el tricornio que aún cuelga
de uno de sus brazos. Niega con la cabeza y suspira aparatosamente.
Su marido no era un mal hombre. O al menos no lo era fuera
de casa. Dentro ya era otra historia.
Descarta todos sus pensamientos y decide no prestarles más
atención. Ahora está sola y en el fondo le echa de menos.
La tarde languidece a través del cristal de su salón. La soledad,
como una losa, se va instalando una vez más en su corazón. A medida que el sol
de media tarde se esconde entre los edificios, su alegría se oculta con él.
Hace semanas que no habla con nadie, que no escucha otras
voces. Siente cómo se pudre, encerrada entre las cuatro paredes de su casa
mientras el mundo entero se va a la mierda. La civilización se derrumba a su
alrededor e imagina cómo los edificios, unos tras otros, van deshaciéndose con
cientos de personas en su interior. Unas estarán vivas, otras estarán muertas.
En un acto de desesperación, vuelve a sacar la pequeña
radio de su funda. Se deja caer en el sillón y comienza a girar el dial hasta
que la estática deja de escucharse. El silencio se vuelve insoportable. Son más
de las cinco, pero no hay noticias del locutor. ¿Habrán caído ellos también?
Desesperada, aparta la radio a un lado y llora.
Despierta media hora más tarde. La oscuridad ha invadido todos
los rincones de la casa y apenas es capaz de ver varios metros por delante de
ella. Localiza una vela y la enciende. Sus destellos palpitantes se reflejan en
las paredes, proyectando más sombras que luces.
Adelaida toma una decisión: no quiere morir encerrada en su
casa rodeada de recuerdos silenciosos que la atormentan a todas horas. La idea
lleva varios días anidando en su cabeza y ahora tiene tanta fuerza que se ha
convertido en una certeza.
Se acerca hasta el
calendario que cuelga de la nevera y tacha otro número. Sigue empeñada en saber
qué día de la semana es. Las viejas costumbres nunca se pierden. Aunque el
mundo esté infectado de no-muertos y la mayor parte de los habitantes de la
tierra ahora estén vagando sin rumbo, ella necesita saber si es sábado o
domingo.
La radio comienza a toser un sonido lejano. La mujer agarra
entusiasmada el aparato y se lo acerca al oído. Una voz de hombre se escucha en
la lejanía. El locutor es joven y su voz, pese a no ser la de Carlos Herrera,
no está del todo mal.
El hombre intenta animar a los supervivientes. Dice que se
están formando patrullas con la misión de rescatar a la población que aún está
atrapada en las grandes ciudades. Habla de zonas seguras, controladas por el
ejército, donde se está reuniendo a los supervivientes. Desde allí los
transportan a los portaviones del ejército. El lugar más seguro es el mar.
El Juan Carlos I reúne a los altos mandos del ejército y
del gobierno, así como a sus familiares más cercanos y a personas influyentes
de la sociedad. El Dédalo y el Príncipe de Asturias a los escasos
supervivientes que consiguen llegar a sus cubiertas.
Adelaida no sabe cuántas personas caben en un barco de
esos, pero tiene claro que no pueden ser muchas. O el chico de la radio miente
y esos portaviones ya están llenos o hay muchos menos supervivientes de los que
ella cree. Sea como sea, pinta mal para ella. Muy mal.
El transistor poco a poco se va callando. El chico se
despide afectuosamente e intenta insuflarles ánimos a los escasos oyentes que
puedan encontrarse al otro lado del aparato. Su última frase deja intranquila a
la mujer:
«No estáis solos. Van en vuestra ayuda. Mucho cuidado con
los «alzados», pero más aún con los vivos»
La noche ha caído a plomo sobre la capital de España. Las
farolas ya no atenúan la oscuridad que se derrama sobre la ciudad. En el
exterior de la casa solo se escuchan los susurros del viento y los lamentos de
los cadáveres que caminan sin rumbo. La vela se derrite hasta convertirse en
una plasta deforme sobre la mesa dejando vía libre a la oscuridad que ahora
también ocupa el espacio del hogar.
Adelaida llora. Lamenta su soledad y pide ayuda a Dios
rezando todas las oraciones que conoce. Ella es una mujer fuerte, pero ya no le
queda esperanza a la que aferrarse. Se siente tan desolada que sus súplicas no
buscan un mañana mejor. Lo que anhela y desea con todas sus fuerzas es dormirse
profundamente y ya no despertarse más.
Sin embargo, se despierta tiritando violentamente. No sabe
qué hora es ni tiene forma de descubrirlo. Se acerca tambaleante hasta la
habitación y se acurruca entre la manta y el nórdico que cubren su cama. Un
ataque de tos le hace llevarse la mano a la boca mientras con la otra se toca
la frente. Está ardiendo. Sabe que tiene que incorporarse para llegar hasta el
baño y poder tomarse un paracetamol, pero no tiene fuerzas. Apenas puede pensar
con claridad a consecuencia de las convulsiones que le produce la fiebre. Su
mente se puebla de imágenes incoherentes y de recuerdos mezclados con ilusiones.
¿Acaso está muriéndose? ¿Se convertirá en uno de esos seres cuando sus ojos se
cierren para siempre? En ese momento siente un terror como nunca había sentido.
Se incorpora y tropieza levemente con la manta. Se la ciñe a modo de albornoz y
avanza con ambos brazos extendidos intentando encontrar el roce conocido de
alguna de las paredes. Las convulsiones son tan violentas que varias veces
tiene que detenerse y acurrucarse contra un mueble por miedo a perder el
conocimiento.
Llega al baño y palpa el cristal tras el que se encuentran
los medicamentos. Derrama varios frascos de medicinas y escucha cómo las
pastillas se esparcen por el suelo. De su boca emerge un grito ahogado y
retrocede torpemente aplastando uno de los frascos. Consigue localizar el aseo y
se sienta intentado recuperar la calma y el calor. Mañana se preocupará por las
pastillas. Ahora necesita localizar un «gelocatil».
Hace rato que la pastilla comenzó a hacer su efecto. Se
adormece mientras el sudor comienza a acumularse en los poros de su piel.
Vuelven los sueños incoherentes, pero cada vez son más difusos. Finalmente
consigue dormirse y todo se vuelve oscuro.
En el exterior de la casa, un no muerto sigue aporreando
levemente la forja del portal. Otro se desplaza mecánicamente de un lado a otro
de la plaza mirando de reojo a la carnicería y su verja repleta de sangre.
Varios están quietos, atentos a los sonidos que pueda transportar la noche.
La mañana llega y la luz que índice directamente en la cara
de Adelaida le obliga a despertarse. Se siente enferma. La cabeza le palpita
violentamente y apenas puede mover las articulaciones. Recuerda entonces el
baño y siente la necesidad de ir a comprobar el desastre. Cuando se asoma tras
la puerta se echa las manos a la cabeza. Los azulejos del suelo están repletos
de pastillas aplastadas y mezcladas.
Extrae agua de la bañera y se toma otro paracetamol. Aún no
le ha subido la fiebre, pero prefiere prevenir. Vuelve a la cama y duerme
durante horas.
Adelaida observa la calle mientras sorbe con delicadeza un
poco de té humeante. Está pensativa. Antes ha ido al baño y ha examinado las
pastillas que sobrevivieron a la hecatombe nocturna. Por desgracia las de la
tensión y las del azúcar no fueron de las afortunadas. Esto solo adelanta los
planes, en ningún caso los cambia. Ella sabía que tarde o temprano tendría que
aventurarse a la calle en busca de provisiones y medicamentos. Lleva planeando
ese momento desde hace semanas. Cada día avanza unos metros más que el
anterior. Cada día está más cerca de esas bestias sin voluntad que pululan
buscando sangre.
Cuando deja la taza en el fregadero ya ha tomado la
decisión: hoy se encuentra débil, pero mañana saldrá a la calle. Ese infierno
no puede ser peor que el que vive dentro de su casa. Ya se siente muerta en
vida.
Los nervios que siente en el estómago le hacen pasar mala
noche. El cielo grita con fuerza y provoca un viento gélido que vapulea los
árboles de la plaza. En el silencio de su hogar, escucha cientos de crujidos
provenientes de todos los demás pisos. El inmueble ruge o se lamenta. Adelaida
no lo tiene del todo claro, pero un coro de chasquidos parece anunciar el
derrumbe del edificio.
Con los ojos abiertos, rememora una y otra vez el plan. Va
a ser un desastre. Piensa en Jacinto, el dueño de la ferretería de enfrente, y
siente la congoja atragantándose en su garganta. ¿Qué habrá sido del pobre muchacho? Piensa distraída. Lo último que
recuerda es el día que se marchó con su madre al pueblo. Allí estarían a salvo
según ella. Antes de irse, el chico pasó por su casa y le dejó las llaves de la
ferretería por si necesitaba algo. Jacinto, muy dado a darle al coco con
ingenios inútiles, había trazado un plan por si ella necesitaba salir de casa.
Adelaida sabe que es una locura, pero, ¿Qué puede hacer si
no? Se toma otro «gelocatil» y se acurruca cuidadosamente. Intenta disfrutar de
ese momento. No tiene claro cuándo volverá a dormir en su cama. Lo más probable
es que dentro de unas horas solo sea un cadáver con artrosis que camina
arrastrando una de las piernas. La escena le hace gracia y sonríe presa de la
desesperación.
Es la hora. Sabe que no se va a morir por no tomar las
pastillas durante unos días, pero tarde o temprano tendrá que salir. Se acerca
al perchero y se pone el abrigo. Tras acomodar suavemente el sombrero en su
cabeza, se acerca hasta espejo del salón. Se observa durante unos segundos y
decide utilizar los pocos polvos de maquillaje que aún le quedan. Si hoy tiene
que encontrarse con la muerte al menos que sea con sus mejores galas.
En el bolso introduce varias galletas con fibra que
previamente ha envuelto en papel de aluminio; la pistola de Manolo que ha
cargado y asegurado como él le enseñó; la cartera con la documentación (nunca
se sabe si le resultará útil); un cuchillo jamonero con su correspondiente
funda; un mechero y una vela; unas gafas de sol y, por último, una foto que se
hicieron los cuatro en un camping de Salou.
Antes de salir por la puerta, vuelve sobre sus pasos y se
guarda en el bolsillo del abrigo el telemando que le dejó el muchacho de la
ferretería. Se vuelve a mirar en el espejo y cae en la cuenta de lo vulnerable
que será con esa ropa. Sustituye la falda por un pantalón de pijama. Encima se
coloca el de un chándal que apenas utiliza. Eso debería proteger sus piernas de
los arañazos o de los bocados. Se quita la camisa y en su lugar se viste con
varias camisetas de manga larga y un jersey de lana (el más gordo que tiene).
Hace un gesto de desagrado cuando ve su imagen reflejada en el espejo. Entonces
vuelve hasta la habitación y saca del armario una funda demasiado grande. Tras
correr la cremallera extrae el abrigo de visón que Manolo le regaló en sus
bodas de plata. Se envuelve con él y siente cómo cubre todo su cuerpo y sus
piernas. Se calza unas botas sin tacón y vuelve a la entrada.
Antes de cerrar la puerta con llave, se despide con un
susurro de la que hasta ahora había sido su casa. Cuando se gira, tiene la
certeza de que nunca volverá.
El último tramo de escalones siempre es el peor. Alcanza el
rellano y se dirige hacia la puerta. A su espalda deja los quejidos del Bajo Derecha
no sin volver a pensar en el niño que allí antes vivía. Se acerca con paso
tambaleante hasta la salida. Cuando cruce esa puerta ya no habrá vuelta atrás.
Se enfrentará a un mundo desolado del que no conoce nada. Esa ciudad que se
esconde tras el portal ya no es Madrid. Ya no es una ciudad. Ya no es nada.
El no muerto sigue agarrando la forja. Tuerce ligeramente
la cabeza cuando ve llegar a la anciana vestida con abrigo de visón. Sus ojos
se hacen más grandes y Adelaida puede comprobar cómo sus pupilas se llenan de
finos hilos formados por sangre. Controlando su miedo, acaricia el telemando
que guarda en su chaqueta. Juega con él mientras decide qué hacer. Sabe que una
vez lo active todos los alzados se
desplazarán hasta la plaza. Tiene que ser rápida. No puede permitirse el lujo
de llamar demasiado la atención. Respira de forma aparatosa y siente nauseas en
el estómago. Extrae el aparato con mano temblorosa y apunta hacia la
ferretería.
El sonido es mucho más fuerte de lo esperado. La alarma
resuena salvajemente y su eco se transporta en el aire varias manzanas a la
redonda. El estruendo que emerge de la ferretería es tan potente que todos los
muertos que aún estaban en la plaza se vuelven contrariados. Observan durante
unos segundos las luces naranjas y parpadeantes que emite el dispositivo
colocado sobre el letrero de la ferretería y comienzan a caminar hacia el
origen del mismo.
El alzado de la puerta duda. Su mirada muerta va de la
ferretería al portal una y otra vez. Entonces, motivado quizá por el resto de
la horda, se gira y se dirige donde todos los demás.
Adelaida sonríe ante el ingenio de Jacinto y recuerda que
le contó que la alarma funcionaba con unas baterías externas que no necesitaban
suministro eléctrico. Al menos hasta que se agoten.
Es el momento de la verdad. Adelaida agarra el pomo de la
puerta y tira con fuerza. No se abre. ¿Qué ocurre? Gira la mirada de forma
automática y descubre el timbre de apertura incrustado en la pared. Lo pulsa de
forma inconsciente, pero no ocurre nada. Busca el juego de llaves que ha dejado
en el bolso y se afana en abrir la cerradura. Está tan nerviosa que le cuesta
varios intentos conseguir introducir la llave en el bombín. Cuando la gira y
entorna ligeramente la puerta, el sonido de la alarma se introduce con fuerza
en el rellano. El sonido no entra solo, le acompaña el hedor putrefacto que
ahora sirve de perfume a toda la ciudad. Adelaida no puede contener su estómago
y vomita sobre la alfombra repleta de polvo. Consigue incorporarse y abre la
puerta de par en par. Dentro de unos segundos los muertos de las calles
colindantes llegarán a la plaza y ya no podrá salir.
Dos de esos seres se alejan tambaleantes dándole la espalda
a la mujer. Parecen tan centrados en la alarma que no son conscientes de que a
tan solo unos metros tienen la cena envuelta en abrigo de visón. Adelaida se
acerca hasta la esquina y se acurruca tras un quiosco de prensa cerrado desde
hace semanas. Está aterrorizada. Sus piernas apenas le responden y una punzada
de dolor se ha instalado en su pecho. Observa cómo, de las calles que dan a la
plaza, comienza a desfilar una marabunta de no-muertos que salen de todos los
recovecos, de debajo de los coches e incluso de algunos portales para dirigirse
hacia el foco del sonido. Adelaida consigue avanzar hasta la esquina que da a
la calle Almagro. De la boca del metro emerge la figura decrépita de un muerto
que se arrastra por los escalones. Por un momento sus miradas se cruzan y
entonces el ser comienza a reptar con fuerzas renovadas. Sus uñas, moradas y
carcomidas, se incrustan en la piedra mientras ascienden de forma imparable
hacia su presa. Adelaida tiene tanto miedo que no es capaz de moverse. Observa
anonadada al monstruo que se desplaza hacia ella. No entiende cómo, pero le
falta la parte inferior de la pierna izquierda. Dónde antes debía estar el
gemelo ahora solo queda una masa de tendones y tejidos que no acaba de
distinguir. El alzado ya ha conseguido sortear los escalones y cada vez está
más cerca. La mujer reacciona y corre hasta el cruce con la calle de Fernando
el Santo. Se esconde tras la esquina y, después de unos segundos de vacilación,
asoma nuevamente la cabeza. El monstruo se ha girado y se arrastra hacia la ferretería.
Adelaida se extraña y entiende que es fácil que esos seres pierdan la
concentración cuando hay otro estímulo cerca. Al perder la visión directa con
ella, su mente putrefacta ha optado por el sonido estridente de la alarma que
resuena al otro lado de la plaza.
Adelaida resopla y contempla cómo, en el extremo opuesto de
la calle, comienzan a aparecer las primeras siluetas que avanzan hacia su
posición. La farmacia está cerca y quizá pueda llegar a ella antes de que la
vean.
Se esconde en un portal, muy pegada a la piedra, mientras
los muertos desfilan en una lenta procesión. Han pasado muy cerca y, sin
embargo, no han sido capaces de verla ni olerla. Seguramente, con el paso de
las semanas, sus órganos carcomidos se hayan atrofiado y perdido parte de sus
capacidades. Aun así, son seres peligrosos. Avanzan deprisa pese a que no son
capaces de coordinar correctamente sus movimientos.
Cuando pasan, Adelaida se encamina hacia la farmacia. Se
para ante la puerta. El cristal está roto y la tienda parece saqueada. Empuja
ligeramente y esta se abre con un chirrido seco que apenas se escucha
amortiguado por el sonido de la alarma que aún resuena. Cierra tras de sí y
echa el cerrojo interior. Con solo pasar la mano a través del hueco del cristal
roto podría volver a abrirse el pestillo, pero Adelaida duda que esos seres
sean capaces de hacerlo.
La farmacia está hecha un desastre. Por todas partes hay
estanterías volcadas, cajas rotas y medicamentos pisoteados. Lo más probable es
que una partida de supervivientes asaltara la botica pocos días después de que
se desencadenara el caos. Sonríe al comprobar la caja registradora en perfectas
condiciones y cerrada. Cuando el mundo se va a la mierda de poco sirve el
dinero.
Tantea las paredes y acaricia el rostro de una mujer de
cartón, tamaño natural, que anuncia una crema para las manos. Vuelve la cabeza
y recorre con la mirada los demás rincones. Recuerda a las chicas que
trabajaban allí. Siempre han sido amables con ella. La farmacia tiene al menos
cincuenta años y ella, que ha vivido desde siempre en ese barrio, recuerda con
nostalgia cuando de niña iba con su madre y la señora Carmen, que en paz
descanse, le regalaba una bolsita con caramelos del tamaño de una lenteja.
Suspira apesadumbrada y se lamenta por el mundo que se ha
perdido. No se echan en falta las cosas básicas hasta que dejas de tenerlas.
Ella, que pensaba que ya lo había vivido todo, se encuentra en el final de sus
días con un mundo devastado. ¿Qué sentido tiene vivir así?
Sus pensamientos se ven interrumpidos por la ausencia de
sonido. Parece que las baterías se han agotado. Adelaida se lamenta por no
haberse acordado de apagar la alarga. Tenía tanto miedo que pasó por alto las
indicaciones del muchacho: «Tienen capacidad para media hora. Recuerde
apagarlas para después poder volver a casa» había advertido Jacinto. Sin
embargo, a ella, aterrorizada como estaba, se le había olvidado. Ahora se
encontraba a varios cientos de metros de su domicilio, con una plaga de zombies
campando a sus anchas por la plaza desde la que ella debía acceder.
Desolada, rompe a llorar. No hace otra cosa últimamente. Después
piensa en su marido y saca fuerzas de flaqueza.
—Tú eras como uno de estos «zumbis», Manolito mío. Solo te hacían falta
dos coñacs para deambular sin rumbo intentándome dar una paliza.
La noche cae. Adelaida apenas es capaz de distinguir los nombres de
los distintos medicamentos. Recuerda que tiene una vela en el bolso, pero si
tiene que pasar allí la noche, prefiere tener algo de luz para cuando las
pesadillas vengan a visitarla. A lo largo de la calle puede contemplar la
silueta de los monstruos que se mantienen quietos, cambiando el peso de una
pierna a la otra constantemente. Se acurruca tras el mostrador y saca la
pistola del bolso. La acaricia y se siente más segura. No está convencida de si
será capaz de usarla. Recuerda que su marido, cuando ya dejó de ser ese hombre
violento y borracho, le enseñó a disparar por si algún ratero entraba en casa.
«Este es el seguro, recuerda quitarlo antes de disparar. Tienes que agarrarla
con las dos manos o el retroceso hará que te rompas la nariz. Miras a través de
la mirilla, guiñando un ojo, y ¡PLAS! A tomar por culo el ladrón»
La mujer se acurruca en su abrigo e intenta no escuchar los lamentos
que provienen del exterior. Siente un repentino escalofrío y un ligero escozor
en los ojos. Se palpa la frente y es entonces consciente de que la fiebre le
está subiendo. Busca en su bolso hasta que alcanza el último paracetamol que
encontró en casa.
La noche es insoportable, los escalofríos son insoportables, el miedo
es insoportable y el frío es insoportable. Aun así, Adelaida, agotada después
de un día de emociones intensas, se queda profundamente dormida.
Despierta entre terribles pesadillas. Jadea de forma agónica y siente
miedo por si en sueños ha gritado más de lo esperado. Con recelo se asoma tras
el mostrador. Las sombras que proyecta la luna aún están quietas. Los muertos
no se han movido de su sitio.
Cansada de tanta negrura, enciende la vela buscando algo de consuelo
en su brillo. Intenta tapar la luz con las manos con la esperanza de que ellos
no puedan verla. Lo último que quiere es estar encerrada allí con una horda de
monstruos aporreando el cristal.
Se incorpora y busca la entrada de la trastienda. Cuando cruza el
umbral de la puerta tiene que taparse la nariz y ahogar una arcada. Allí dentro
el olor se vuelve insoportable. La mezcla de medicamentos y olor a muertos es
tan repugnante que está tentada de volver al exterior. Sin embargo, sabe que no
quiere estar fuera. Necesita que al menos una puerta sólida se interponga entre
ella y las bestias.
Avanza despacio, rompiendo la oscuridad con el resplandor de la vela.
Allí todo está tan desordenado como fuera. Las cajas reventadas tiradas en el
suelo, las estanterías volcadas y las neveras abiertas. Encuentra un pequeño
aseo. El lavadero está repleto de sangre y restos de vendas. Vuelve fuera y
pisa algo cilíndrico que sale disparado rodando por el suelo. Intrigada, se
acerca apartando un par de cajas que entorpecen su camino. Se agacha y alumbra
el casquillo de bala que se ha detenido sobre un pequeño charco de sangre. Lo
agarra con la mano libre y nota cómo una gota espesa y carmesí golpea el provocando
varias ondas en su superficie. Un jadeo comienza a tomar forma sobre su cabeza.
Alza la vista lentamente mientras alumbra con la escasa luz que proporciona la
vela. Hay un cuerpo carcomido y putrefacto esposado por ambos brazos a una
tubería que sale de la pared. El rugido suena tan cerca que Adelaida tropieza y
cae hacia atrás mientras el sonido de dos dientes mordiendo el vacío resuena
sobre su cabeza. Alumbra el cuerpo y observa que apenas se trata de una
adolescente. Está medio desnuda y tiene varios orificios de bala en el pecho,
justo de donde emana el reguero de sangre. Desde el cuello hasta la frente le
asciende venas color violeta que contrastan con el blanco de la piel.
Adelaida ahoga un grito y palpa con la mano libre el suelo sin
atreverse a apartar la mirada de la chica. Busca su bolso desesperadamente
mientras el monstruo lucha ferozmente contra las ataduras que lo retienen.
Muerde el aire una y otra vez y sus gemidos, acompañados por el rechinar de las
cadenas, hielan la sangre de la anciana. Tal es la violencia de sus sacudidas
que un crujido seco anuncia que una de sus muñecas se ha fracturado. Aun así,
parece no sentir dolor y ahora con la mano libre intenta atrapar a la mujer.
Tira con tanta fuerza que a los pocos segundos se rompe la otra muñeca y su
mano deforme escapa entre el hueco de las esposas. Cae al suelo con un sonido
seco y comienza a gemir y a arrastrarse hacia la mujer. Adelaida suspira desesperada
y observa al demonio que se acerca hasta ella. Encuentra el bolso, saca la
pistola y apunta a la oscuridad. Está tan nerviosa que la mano le tiembla de un
lado a otro corriendo el riesgo de volarse ella misma uno de los pies. Consigue
templar los nervios y aprieta el gatillo. Sin embargo, este no cede. Adelaida,
con los ojos fuera de sus órbitas, suelta la vela justo cuando siente una de
las manos de la chica agarrándole la bota. Quita el seguro de la pistola y en
el instante en el que siente los dientes del monstruo intentando atravesar la
tela de los pantalones aprieta el gatillo dos veces.
Las detonaciones son tan fuertes que se escuchan a varios kilómetros
de distancia. La habitación se llena de olor a pólvora y durante unos segundos
la mujer cree perder el sentido. La mano que aferraba su bota pierde fuerza y
Adelaida se arrastra hacia atrás hasta que su espalda choca contra una
estantería. De forma inconsciente apunta hacia el brillo de la vela que ha
quedado tendida en el suelo. Pese a ver que el cuerpo no se mueve de su sitio,
ella mantiene la postura durante varios minutos. Nota cómo su corazón bombea
con fuerza y su rostro se llena de sudor a consecuencia de la tensión y la
adrenalina.
Se acurruca en el rincón mientras gime aterrorizada. El arma cae entre
sus piernas y la mujer se echa las manos a la cabeza. Comienza a tiritar y a
convulsionarse sin apartar la mirada de la cabeza reventada que alumbra la
vela. Puede contemplar los sesos repletos de gusanos desparramados por el suelo,
la sangre densa que brota del cráneo y los ojos amarillos y sin vida de la
joven que ha intentado matarla.
Se siente culpable pese a saber que la chica ya estaba muerta.
«¿Qué mierda de mundo es este?» grita desesperada. Se incorpora y se
acerca tambaleante hasta la vela. Un ruido que proviene del exterior reclama su
atención. Ha sonado como si se hubiera roto un cristal inmenso. Apresuradamente
vuelve sobre sus pasos y mira a través del pequeño tragaluz que hay incrustado
en la puerta de la trastienda. El sonido de los disparos ha debido llamar la
atención de todos los alzados que se encontraban en la plaza. Más allá del
escaparate de la tienda, gracias al brillo de la luna, puede ver a decenas de
muertos intentando atravesar la puerta y los cristales. No sabe cómo, pero la
luna principal está rajada de lado a lado a consecuencia de los golpes que
propician de forma continua. Uno de ellos introduce el cuerpo a través del
hueco que hay sobre la puerta y, gracias al empuje de los que vienen detrás,
acaba volcando e introduciéndose dentro de la tienda. Cuando se incorpora,
Adelaida puede ver la sangre que brota a través de todos los cortes que se ha
hecho con el cristal. Pronto varios más se introducen a través del hueco hasta
que la puerta cede a consecuencia de la presión.
Adelaida suspira aliviada al comprobar que la trastienda tiene
pestillo por dentro. Para sentirse más segura, arrastra varias estanterías
hasta que taponan la puerta. A tan solo unos centímetros de su cabeza, siente
las uñas arañando la madera y la pared. Bajo el quicio de la puerta se filtran
los gruñidos y los lamentos. A falta de un estímulo nuevo, los muertos insisten
en encontrar el origen del sonido. Ellos no pueden saber que la mujer está
dentro, pero, aun así, es como si pudieran sentirla apretada contra la pared.
Como si fuesen capaces de escuchar su respiración asmática, como si pudiesen
distinguir su olor flotando entre la mezcla de aromas tóxicos y podridos que
habita en la ciudad.
Desesperada, la mujer resiste. Está tan cansada que incluso en una
situación así sus ojos se cierran solos. El rechinar de las uñas contra la
arena hace que la castañeen los dientes. Sus nervios, a flor de piel, comienzan
a jugarle malas pasadas y le provocan espasmos involuntarios en las
articulaciones. No sabe cuánto tiempo podrá resistir así. «Hubiera sido mejor
morir en casa, lejos de esas cosas» se repite una y otra vez. Sabe además que
no se cansarán. Seguirán allí hasta que otra cosa llame su atención.
En dos ocasiones alza la pistola y observa el cañón. Sería tan fácil
acabar con todo. Adelaida imagina a los muertos que están tras la puerta
apartándose unos a otros después de escuchar la detonación del disparo.
Volviéndose locos por atravesar aquella puerta atrancada que los separa de su
presa. Baja la pistola sabiendo que no tiene el valor necesario para tomar una
decisión como esa. Consigue incorporarse y, justo cuando llega al otro lado de
la dependencia, la vela se apaga.
Contra todo pronóstico, Adelaida vuelve a ver el amanecer. Los rayos
del sol atraviesan ventana que da a otra calle. Es pequeña, de apenas un metro
cuadrado. En la oscuridad de la noche no había sido capaz de verla. Encuentra
una silla y, con mucho cuidado, se encarama a ella para poder observar el
exterior. Fuera todo parece tranquilo. No ve ningún monstruo en ese lado de la
vía. Hubiera estado tentada de romper el cristal e intentar salir por el hueco
si no hubiese sido por los tres barrotes de hierro que hay atravesados de lado
a lado.
Finalmente se sienta en la silla y contempla el cuerpo sin vida de la
joven. Después de pasar toda la noche llorando, ya no le quedan lágrimas que
derramar. Del bolso extrae un pequeño bote de crema y se estremece al sentir el
tacto frío del bálsamo en las mejillas y bajo los ojos.
No tiene hambre, pero abre el paquete de galletas con fibra y se
obliga a comer. Lo último que quiere es desmayarse por una bajada de azúcar.
Unos minutos más tarde se acerca al baño y levanta la tapa. Aunque puede que
lleve semanas con el agua estancada, Adelaida no es capaz de distinguir el olor
fecal del olor que ya puebla la trastienda. Siente un escalofrío cuando se baja
los pantalones. Donde la chica intentó morderle tiene un moratón bastante feo.
Por suerte no hay herida. Nadie tiene muy claro cómo se trasmite la enfermedad.
Algunos dicen que se propaga a través de la saliva. Otros muchos aseguran que
los cuerpos de los muertos están llenos de toxinas y que el simple roce de las
uñas o los dientes ya es suficiente para transmitir el virus. Adelaida recuerda
que, justo el día en el que se perdió la señal de televisión, un comité de
expertos aseguraba que el patógeno estaba en el aire y que todos los humanos ya
eran portadores del virus. Una vez muertos, la degradación de la carne, al
expulsar no sé qué compuesto, activaba una encima y los cuerpos volvían a la
vida. «¿No hay esperanza?» había preguntado el presentador. «Sí, nuestra única
esperanza es encontrar la cura antes de que todos hayamos muerto» había
respondido el supuesto entendido.
Adelaida se levanta y vuelve a vestirse. Al salir del aseo escucha el
ruido de un motor. Se precipita contra la ventana y está a punto de perder el
equilibrio al encaramarse sobre la silla. Un crujido le anuncia que su cuerpo
ya no está para esos trotes.
Observa a ambos lados de la calle, pero no ve nada. Sin embargo, el
ruido del motor cada vez suena más cerca. A los pocos segundos, un vehículo
entra en su campo de visión. Es un coche de esos de campo. Ella no entiende de
modelos, pero se parece a los que ve en la tele cuando se inician las
recolectas de uva o de aceitunas. El 4x4 es color caqui, bastante feo, y tiene
las defensas reforzadas, además parece que tanto en la parte delantera como en
los laterales le han taladrado planchas de metal.
Adelaida comienza a golpear con insistencia el cristal de la ventana.
Grita mientras las lágrimas vuelven a agolparse en sus ojos. Entonces saca la
pistola del bolso y apunta hacia la calle. Duda, sabe que no solo se pone en
peligro a ella, también a los ocupantes del coche, pero es su única oportunidad
de sobrevivir. Justo cuando el coche atraviesa el otro extremo del ventanuco,
ella dispara volando en mil pedazos el cristal.
Pese a tener los oídos atronados, la mujer es capaz de escuchar los
frenos del vehículo chirriando y la puerta de uno de los laterales al cerrarse.
Unos pasos se acercan hasta el hueco.
Adelaida sostiene el arma en alto, recordando el aviso del locutor de
la radio: «Mucho cuidado con los alzados, pero más aún con los vivos».
—No dispare, ¡eh! Que me voy a asomar —dice una voz de hombre desde el
exterior.
Una cabeza aparece en el hueco. Es un hombre adulto, de unos cincuenta
años. Tiene un bigote frondoso y lleva un gorra de caza en la cabeza. Tiene la
piel curtida y morena.
Adelaida baja el arma y suplica a través de la ventana:
—Ayudadme, ¡por favor! —exclama susurrando mientras aferra con fuerza
los barrotes.
—¿Ahora susurra usted? Yo creo que ya viene toa la tropa a por nosotros
después del tiro que ha pegao.
El andaluz sonríe y se rasca por encima de la gorra.
—Vamos a ver cómo la sacamos de aquí —dice guiñando un ojo.
—Tengan cuidado, la farmacia está llena de esas cosas.
Al instante de irse, Adelaida ya le echa de menos. Después de tantas
semanas sin hablar con nadie, el simple hecho de escuchar la voz de una
persona, de percibir su olor y de sentir su mirada, supone un latigazo de
felicidad que nunca hubiera podido imaginar. Necesita saber del mundo, quiere
escuchar de dónde vienen y cómo están las cosas. Supone que todo, y en todas
partes, se habrá desmoronado, pero aún mantiene la estúpida idea de encontrar
un lugar donde el fin del mundo aún no haya llegado. Se consuela durante
minutos, aunque pronto su esperanza va apagándose como la vela que encendió la
noche pasada. Se diluye sobre la fría loseta del suelo mientras la desilusión y
el abandono van volviendo a su corazón. Entonces sabe que el hombre se ha
marchado y que aquella trastienda será su tumba.
Mira de nuevo la pistola y la esconde en el bolso, después saca la
foto en la que aparecen su marido y sus hijos y acaricia el cristal con el
dedo.
Adelaida levanta la cabeza extrañada, juraría que escucha música.
Sospecha que le ha vuelto la fiebre y está sufriendo algún tipo de alucinación.
Sin embargo, está segura de conocer esa canción. Se acerca hasta la puerta que
da a la farmacia y se asoma a través del tragaluz. Sorprendida, observa cómo
los muertos comienzan a desplazarse hasta la calle. Salen a través de la puerta
y giran a la derecha siguiendo la estela de la música.
Esa canción… Adelaida comienza a susurrar la letra sin dar crédito a
lo que está ocurriendo. Entonces la música se aleja nuevamente, arrastrando
tras ella a la marabunta de muertos.
En pocos segundos la farmacia queda vacía. La cara del hombre aparece
tras el cristal dándole a Adelaida un susto de muerte que apunto está de
llevarla de nuevo al suelo. Tira con fuerza de las estanterías hasta que
consigue desatrancar la puerta. Cuando consigue abrirla, los dos se observan recelosos.
—No tenemos todo el día —dice finalmente el andaluz tendiéndole la
mano y esbozando una sonrisa cautivadora. La mujer duda. Vuelve a la trastienda
y coge su bolso. Antes de marcharse se detiene a observar a la chica. Ella no
es creyente, pero desea con todas sus fuerzas que esté en un sitio mejor.
Regresa sobre sus pasos y se planta junto al hombre. Es más grande de
lo que pensaba. Lleva ropas de caza algo gastadas, un vendaje aparatoso en la
pierna y en la mano derecha un rifle con mira telescópica.
El hombre sale apuntando de la farmacia. Adelaida le sigue de cerca.
Pocos segundos después la música vuelve y el 4x4 aparece derrapando tras la
esquina de la calle. Se detiene con un chirrido estridente mientras la mujer no
puede dar crédito a lo que ve: un negro inmenso, con una camiseta que parece a
punto de explotar y una gorra del Barça,
conduce el todoterreno mientras Rocío Jurado canta a todo volumen.
—A los zombies les encanta —dice el andaluz con guasa mientras se
encoje de hombros haciendo referencia a la música—. ¿Nos vamos?
Adelaida asiente por inercia. Entra en la parte trasera del vehículo y
se abrocha el cinturón. Cree que el viaje va a ser movidito.
El coche se pierde tras un recodo, mientras cientos de alzados les persiguen
desde la distancia, siguiendo la estela de las presas que ya no podrán cazar y
de la canción que se apaga por momentos.

Como te dije al leerlo por wattpad, me ha gustado. Hacía mucho que no leía nada sobre zombis. Me he acordado de que me pasaste tu historia para que la leyese y la tengo ahí muerta de risa, soy el mal, lo siento. Soy de empezar mil cosas y no acabar ninguna.
ResponderEliminarMuy entretenido el relato, me ha gustado la perspectiva desde una señora entrada en años, aunque si soy sincera, las historias de zombis siempre se me hacen un poco repetitivas. Abandoné TWD en la temporada 4 por eso precisamente. Pero una historia cortita de vez en cuando está guay.
¡Un beso!
Gracias como siempre Stiby!!! Tampoco es mucho mi ámbito de lectura o escritura, pero en su día me apeteció y hot he dicho... buah! por qué no?
EliminarGracias por comentar! Besos!
Me encanta. Así de simple xD. Tenemos una forma de escribir parecida y eso me gusta. Se entiende bien lo que quieres hacer llegar al lector, y lo que siente tu protagonista, es fácil empatizar con su forma de pensar, sus actos y sentimientos y sus cambios de opinión. Algunas de las imágenes que me vienen a la cabeza leyendo se parecen mucho a escenas de mi propio libro así que me he sentido muy cómoda leyéndolo. Además no te centras en descripciones inútiles ni en explicaciones recargadas, cuentas lo necesario, sin paja, que creo que es lo que hace más amena una lectura, que avance a su ritmo pero sin pausa, cambiando de situación continuamente pero sin que parezca que te explicas con prisa. Suceden cosas continuamente y eso es bueno (al menos para mí) y creo que tiene un punto muy natural y cotidiano que que hace que sea totalmente creíble una situación (hipotéticamente) ficticia como esa. Eso sí, tengo que decir que para un relato me parece algo largo y te recomendaría hacerlo en dos partes, pero ya no se cual sería la medida estándar correcta para considerarlo relato, así que es solo mí opinión :P. Me gustaría comentarte alguna cosilla cuando tengas tiempo, si te parece bien ^^pero bueno en general creo que es muy, muy, correcto, que tiene una comprensión global buena y que no hay partes que queden fuera de lugar, está muy bien, tiene mi visto bueno:
ResponderEliminar🐰👍 KATTY aproves this ☣️✔️
Muchas gracias por comentar! Me hace mucha ilusión!
EliminarRespecto al tema de la longitud, la verdad es que está pensando como un libro, pero me he arrepentido en el último momento y prefiero dejarlo en relatos sueltos. Puede que sea largo sí... lo tendré en cuenta para los siguientes!
Gracias otra vez!!! KATTY mola!